25/8/14

club deportivo azalea

Intentas caminar por el Club Azalea como Nick Cave por Jubilee Street. Pero estás demasiado pálido. Te sobran unos cuantos kilos. Has perdido pelo. Lo has ganado en otras partes. Has perdido carisma. Resolución. Llevas un bañador que ya no se lleva. Que nunca se ha llevado, en realidad. Asistes a una celebración ritual a la que no has sido invitado. Las únicas representantes del sexo opuesto que podrían dejarse impresionar están sentadas en círculo, desparramándose sobre sillas de lona reluciente por el uso. Han escrito sus iniciales con rotulador en ellas. Juego de tronos. No te mirarían si tuvieran treinta o cuarenta años menos. Te quitas la camiseta prometiendo algo que  —es evidente mucho antes de que lo hagas— no puedes cumplir. 

Tu gradual entrada en la piscina después de haberte expuesto de forma no menos cobarde a la ducha es tan lastimosa que si alguno de los socorristas te hubiera visto habría empezado a hacer estiramientos. Resulta tremendamente difícil de creer que no seas capaz de aguantar más que un largo. Pero es así. Tus piernas están débiles. Tus brazos responden hasta cierto punto. Te dedicas a hacer anchos. Un par o tres antes de refugiarte en el bordillo jadeando como un mastín viejo. Los tipos duros fuman. No jadean. Los tipos duros no nadan. Y si nadan, pueden recorrer una distancia respetable. Cuatro o cinco largos al menos. A lo mejor el problema está en tu manera de respirar. A lo mejor tu cerebro no es capaz de coordinar tus movimientos con eficiencia. No sería la primera vez. A lo mejor nunca aprendiste a nadar. Tus gafas de bucear baratas se empañan constantemente. Como si no fuera suficiente con todo lo anterior. Consiguen que bajo el agua las figuras que avanzan en dirección perpendicular parezcan próximas. Carnes descolgadas siguiendo las imposiciones del oleaje. Un cuerpo femenino se desliza delante de ti. Eso te anima un poco. Más tarde, cuando emerja por una de las escalerillas laterales, descubrirás que alcanzó su plenitud antes de que nacieras. Eso te deprimirá. Nadie va a apartarse de tu camino porque ni siquiera esperan que tú te apartes del suyo. Porque no estás ahí. Su rutina funciona como un escudo impermeable a las intromisiones. Eres el fantasma de un chaval que murió ahogado hace mucho tiempo. A menos de un kilómetro de donde te encuentras hay un castillo en ruinas del siglo XIII. 

La zona más profunda te asusta, de manera que te mueves en el extremo opuesto, donde los niños chapotean alegres bajo la supervisión de sus padres. Tendría más sentido si fueras uno de ellos. Si fueras uno de los niños; si fueras uno de los padres. El agua no es tu elemento. ¿Cuál es tu elemento entonces? Las cruces formadas con azulejos negros marcan el principio de cada calle. Así los nadadores saben hacia dónde tiene que dirigirse. La única cruz que hay en tu recorrido es la que formas al interponerte en la navegación longitudinal lógica del resto de bañistas. 

Al abandonar la piscina la cosa no mejora demasiado. Te tumbas sobre una toalla invisible porque tu invisibilidad afecta también a tus pertenencias. El sol no calienta. Escuchas cosas como: “Iñigo y Maribel están en un spa. Con los niños. Es un spa para ir con niños”. “Mi hermano estuvo a punto de tener un accidente. Aquí mismo.” “Llegué a pesar 58 kilos. Me quedé estupenda. Pero yo lo que quiero es comer. Poco, pero un poco de todo. Ni siquiera cuando era jovencita estaba delgada”. Alguien llama a su hijo “campeón”. Una mujer le cuenta a otra la parábola del hijo pródigo o la del buen samaritano o la del sembrador o cualquiera de las otras mientras las dos se alejan caminando erguidas con el pelo recogido como en un anuncio de agua mineral. Un grupo de hombres bromea sobre la simpatía de uno de ellos por un equipo de fútbol que dos días atrás perdió estrepitosamente. Sus esposas se ríen con aullidos agudos y sincopados y se llevan las manos a la boca intercambiando miradas con rápidos movimientos de cabeza. Un tatuaje que podría ser una variz. Una variz que podría ser un tatuaje. Alguien sorprendentemente tonificado para su edad. 

En el vestuario, un crío rollizo se para delante de ti y te observa con curiosidad. Dice: “Hola”. Sonríes. Desaparece. Un viejo pequeño y vivaz desnudo de cintura para abajo canturrea combinando la letra “p” con un sonido parecido al de la “o” o la “u” lo primero que se le pasa por la cabeza. Se comporta como cualquier viejo en cualquier vestuario del mundo. Al secarse, individuos con vello en la espalda balancean sus genitales a pocos centímetros de la cara de los que algún día harán lo mismo con los nietos de esos individuos y les suministran consejos fortificantes del mismo modo en que debió originarse todo hace miles de años en la profundidad de las cavernas. Palmadas viriles entre los adultos. Propuestas de excursiones ciclistas a la sierra. El anciano suspira. 

Llevas dos horas sin pronunciar una sola palabra. La última, alguna clase de saludo dirigido a la chica que está en la entrada, apenas audible. Es guapa y tiene aproximadamente tu edad. Una compañera de juego. Ahora está leyendo y no se entera cuando pasas frente a ella modificando ligeramente el saludo inicial. Así que vuelves sobre tus pasos y le pides fuego. Porque el otro día la viste fumar. Porque no te atreves a pedirle nada más. Le das las gracias. Te vas.

(Escuchando: Turbonegro - Sailor man)