9/7/18

los años duros

No estuvieron mal los años duros, ¿eh?
En cuanto a dureza,
me refiero.
Fueron bastante duros,
cumplieron con su cometido,
estuvieron bastante bien,
de hecho,
en ese sentido.
Todo parecía ponerse en contra, ¿eh?
Mucha mala suerte durante los duros años
duros,
(el autocorrector me sugiere «muros»
y pienso: sí,
hubo muchos muros, duros),
malas decisiones
también.
No le vimos los dientes al lobo,
pero vimos agitarse matorrales
a nuestro alrededor,
lo recordarás.
Te escribo desde aquí aún,
desde los años duros
todavía,
para que nos riamos juntos
cuando lo leas
en el futuro.
Algún día nos reiremos de esto,
ya sabes.
Diremos:
los años duros,
qué gracioso.
Qué divertido resulta
aquello,
ahora que los auténticos años duros
no han hecho más que empezar.

19/6/18

ingolstadt

No te preocupes que si la conversación dura lo suficiente ya se las arregla él para hacerla desembocar en revelaciones que, hombre, así a bote pronto, como no le conozcas mucho o le acabes de conocer o aunque le conozcas de toda la vida, resultan un poco violentas. No sabe tú, así, como ejemplo, pero él ha probado el sexo anal, por supuesto que claro que sí. Te lo cuenta con eso muy suyo de acercar su cara demasiado a la de los demás y reírse como un cortacésped. Te lo cuenta ─lo sabe el barrio entero─ porque una vez terminó medioliándose con una tal Ana, voluminosa de impresionar, pero la tía iba tan borracha que se quedó dormida in medias res. Sexo anal. Se troncha. Muy celebrado también (por él) lo de unos años atrás, cuando cayó un premio importante del gordo de Navidad debajo de su casa (le tocaron 144,55 euros de mierda) y vinieron los de Coslada TV, y ante la ranciada del periodista de «¿Qué va a hacer usted con tanto dinero?», replicó con un fósil a la altura: «Tapar agujeros». «Muy bien, muy bien, enhorabuena», se retira el presentador complacido en los vídeos de la época a la caza de algún otro residente al que entrevistar. Ahí puede verse cómo nuestro hombre intercepta el brazo del reportero en su huida y acerca la boca al micrófono repitiendo «tapar agujeros». «Tapar agujeros, claro, muy bien». Y una vez más: «Agujeros». Cortacésped. Que pensaba invertir en irse de putas, vamos. La risión. Los vecinos le aprecian. Es una buena persona, no cae mal en realidad. Tiene bastantes amigos. Le quieren. Ayer por la mañana sufrió un accidente en la fábrica con una fresadora. Sigue en el hospital porque han tenido que amputarle dos dedos. Todavía no ha ido a visitarle nadie.

21/5/18

es 1999

De acuerdo. Ahora imagina esto. Es 1999. Faltan once años para el lanzamiento de Instagram. En la radio suenan los Backstreet Boys, Britney Spears o Tender de Blur. Trabajas en una tienda de fotografía, es verano y es el verano previo a que empieces la universidad. Tus padres querían que lo hicieras y el dinero no te viene nada mal. Estás revelando el carrete que alguien te ha confiado hace un rato. Las fotos tienen que entregarse mañana, revelados en 24 horas, ya sabes, 1999. El carrete es de 36. Dentro de la cubeta las imágenes se aclaran poco a poco. Atónito, compruebas que en todas ellas aparece el cliente retratado. Primeros planos. Fotos a él mismo, autofotos. Tomadas a escasos centímetros de su cara. Los ojos muy abiertos, sonríe. Una sonrisa hiperbólica, extraña, grotesca. En varias proyecta los labios hacia el espectador, como si estuviera enviándole un beso. En algunas aparece con unas orejas y un hocico de conejo. En una con dos ancianos de mirada confundida, aturdidos, cansados, sus padres tal vez. En otra sostiene a un bebé. ¿Cuánto tiempo tardas en llamar a la policía?

9/4/18

2024

En 2024 lo que se llevaba era terminar en la cárcel (el consumo compulsivo de Netflix, con consecuencias tales como pérdida total de visión o supresión de la individualidad, había dejado de ser un reto estimulante). Conseguir que te llamaran fascista, estalinista, misógino, terrorista o asesino era bastante sencillo. Bastaba con escribir cualquier cosa. Para llegar a la cárcel había que esforzarse un poco más. Así que la juventud estudiaba a los clásicos buscando en aquellos libros una fórmula precisa para acabar entre rejas. Podías decapitar a tu padre y violar su cabeza, poner una bomba en una guardería o abandonar a tu abuela desnuda en el bosque a medianoche, pero las redes sociales eran lo único que te garantizaba el acceso a una prisión de máxima seguridad.

Una vez allí resultaba primordial subsistir. Superada esta primera fase había que ascender hasta lo más alto. Hasta la cúspide de los reclusos más execrables. Sólo unos pocos lo conseguían. Cualquier pequeño desliz y podías quedarte en el camino, pasando a desempeñar un puesto dentro de cualquiera de los estamentos simplemente ignorados de la sociedad. Cultura, ciencia, educación o cargos todavía peores. Riesgo elevado, a la altura de la recompensa: un torneo a muerte entre los presos que integraban la jerarquía superior se celebraba cada poco tiempo. El evento era retransmitido por Instagram (había sustituido a cualquier otro medio de información) para todo el planeta (al fin existían certezas de que era plano).

De ahí salía un único vencedor (las guerras civiles del extremarcado no habían resuelto el uso conveniente del lenguaje inclusivo, ora en femenino, ora en masculino, como tampoco tuvo éxito la neolengua sintética denominada ‘persona’ que pretendía ser perfectamente equitativa, así que no existirían avances en otros ámbitos relacionados con la igualdad, mucho menos urgentes, hasta que no se solucionara esto) que pasaba a formar parte del programa de promoción Supervivientes, emitido también por Instagram. Él y otros influencers combatían (siempre a muerte) por un perfil en Facebook con 50 000 amigos de partida y por la presidencia del Gobierno. El tuit adecuado podía llevarte a ser presidente en menos de seis meses, el plazo en que se producía su renovación. Ningún político era capaz de aguantar más tiempo sin corromperse.

5/3/18

catedrales de cera en miniatura ignoradas por todos

Esta noche he conseguido traspasar las puertas de una pequeña catedral construida en las profundidades de algún voivodato polaco. Un viejo secreto europeo. Avanzaba por la planta central como transportado en una esfera de ámbar sin poder escuchar el bullicio de la gente, abrumado por las caras y los brazos y las cabezas. Por las estatuas, las bóvedas, los santos y las arcadas.

Poseía esta catedral unos mecanismos dispuestos a lo largo de las naves laterales, de manera que dejaban caer desde lo alto gruesos hilos de cera tibia. La cera descendía, el aire frío del templo la solidificaba y al tocar el suelo iba tomando la forma de la catedral. Reproducciones exactas, cada minúsculo detalle replicado a escala, distribuidas longitudinalmente sobre las losas de mármol.

Yo estaba debajo de uno de los dispositivos y una catedral de cera en miniatura ha brotado en mis manos. Tenía calientes las manos, la miniatura se deshacía. He ido a buscar a los demás, pero cuando los he encontrado ya no quedaba nada, magma blanco fundiéndose entre los dedos. Algunos no me han creído (ni siquiera se reían). La mayoría lo ha hecho, pero ya era muy tarde y estaban muy cansados, querían irse a dormir y a soñar con otras cosas.

26/6/17

gran hermano total

Tal y como yo lo veo
la cosa puede resumirse
del siguiente modo:
unos pocos
nos observan atentamente
a todos los demás
mientras nosotros
observamos atentamente
a unos pocos
en televisión.

19/6/17

así lo haría yo

Si yo fuera alcalde diría: «Se acabaron las estatuas de políticos y las calles con su nombre». Pero hombre. Nada, a tomar por culo. Calles con nombres de churreros, de chinos de establecimiento chino y de cajeras. Y entonces saltarían los de siempre. Que si es que ese churrero era de Fuerza Nueva, que si el chino maoísta, que si la cajera girondina, y por ahí no pasamos. Pues os jodéis. Porque para eso soy el alcalde y porque no había nada como los churros de ese señor a las ocho de la mañana, el chino tenía el papel de fumar superbarato y a la cajera, una doctora en Geología obligada a pasar los códigos de barras por el láser a falta de ocupación mejor, todavía le quedaban ganas de obsequiar con ingeniosísimos chascarrillos a los clientes amables. Así lo haría yo.