29/6/16

un juego

Una chica muy joven, apenas una niña, se te acerca en una calle concurrida. Tiene aspecto de estar en segundo de Derecho y de acabar de perder la virginidad. Lleva una carpeta con el símbolo de una ONG, una cualquiera, en realidad no importa. 
—¡Hola! —sonriendo como si de su sonrisa dependiera el perdón de un pelotón de fusilamiento. 
—¿Has oído hablar de nosotr
—Shhh… —pones la yema tu dedo índice sobre sus labios. Tomas su brazo suavemente. Le susurras al oído: 
—No pierdas tu tiempo con alguien al que le quedan dos semanas de vida. 
Acaricias su mejilla con el dorso de la mano. Caminas cuatro metros, te giras, le guiñas un ojo y sonríes como si de tu sonrisa dependiera un cargamento de víveres en mitad de una guerra. Continúas tu paseo.

16/6/16

los imbéciles

¿Cómo llamarías a esto?, dice ella. 
¿A qué esto?, él. 
A esto, a lo que hacemos.
¿Al rollo que llevamos? 
Al rollo que llevamos. 
Bueno, lo llamaría… no sé, bueno,
lo llamaría 
relación
eh…
relajada. 
Relación relajada. 
Relación relajada, 
relajación.
Sí, lo llamaría relajación. 
Y ahí los tenéis si los queréis ver. 
Partiéndose de risa
los muy bobos
debajo de las sábanas
con tonterías como ésa
y otras mucho más sonrojantes. 
Riéndose ella de lo idiota que es él, 
riéndose él para no acordarse
de que es pobre,
de que está deprimido
y de que es una pena cuando los buenos discos
flojean en la segunda mitad
y a la vida le pasa un poco lo mismo.

5/6/16

enrique anaut

¿Os acordáis de Enrique Anaut? Yo sí. Estudió Humanidades en la Universidad de Navarra. Después participó en Operación Triunfo y, aunque en España no volvió a saberse nada más de él, Enrique se mudó a Los Ángeles, contrajo nupcias con una modelo etíope y conquistó el mercado anglosajón con discos como American Idiot, Baby One More Time o Californication. Hoy en día es un músico asentado y muy respetado. Es verdad. Estudió Humanidades en la Universidad de Navarra.

9/5/16

tranquilo el hombre

El agua espantaba a las avispas escondidas bajo las hojas. Antonio García sujetaba la manguera con la que regaba las plantas mientras empleaba la mano libre rascándose un sarpullido en el mentón. Miraba el disco de cien metros de diámetro que permanecía suspendido sin emitir ningún sonido sobre la vertical de su raquítico jardín. Un ovni a todas luces. Media docena parpadeante. Naranjas, blancas. Durante el cuarto de hora que duró el avistamiento Antonio García pensó en cosas. No demasiadas, pero sí algunas. También notó el bulto de su móvil en el bolsillo trasero de los pantalones. Parecía un buen momento para comprarse otro. Uno que tuviera cámara de fotos.

4/5/16

momento

Todo el mundo debería tener el derecho 
a salir desnudo a la calle de vez en cuando
un día de lluvia,
uno de esos días de rabioso y cálido aguacero, 
adentrarse en la carretera
y avanzar contra los coches 
amparado por los relámpagos
y por el buen Vivaldi, 
Antonio el Sanador,
retumbando en los oídos por encima de los truenos, 
las bocinas y los gritos
y llamar a eso 
momento
La gente tendría que levantar la vista 
y contemplar con admiración,
los ojos quietos y doblados los labios, 
al que camina sobre los techos de los coches, 
tendría que llegar al día siguiente al trabajo
solicitando unas vacaciones no remuneradas con urgencia 
porque algunos momentos requieren 
más tiempo que otros 
y la remuneración es de otro tipo, es mucho mejor, 
coger un vuelo a cualquier lugar en el que haya hierba
que no sea éste, 
para tumbarse sobre ella durante un rato
y mancharse, 
un poco, un recuerdo, 
la ropa de verde.
Todo el mundo debería poder hacerlo
y alguien lo suficientemente loco 
debería escribir una ley al respecto;
ése sería su momento. 
Después, 
todo el mundo debería sentarse, 
fumarse un cigarrillo 
(no hay temporizadores reflexivos como los cigarrillos)
alargando el momento todavía un poco más. 
Ese epílogo iría muy bien para pensar: 
«Las cosas no están tan mal,
la vida merece la pena».
Así hasta el próximo momento.

4/4/16

«quédate en casa el último día de clase»

«¿Dónde está María? ¿La habéis visto?» No se sabe bien a qué se dedica María L. durante la media hora que dura el recreo. «Está haciendo el trabajo de fin de curso.» Ningún profesor les ha dicho que tengan que hacer un trabajo de fin de curso. Los profesores no tienen ni idea del asunto y piensan que es una broma. Más tarde, ya de noche, solos en sus despachos, pueden acordarse del tema en algún momento diciéndose que la niña de las rodillas raspadas y los ojos con pupilas como pupilas de animal tal vez haya cambiado. Los alumnos por su parte suponen que debe ser una especie de castigo que María tiene que cumplir. «Voy a seguir con mi trabajo de fin de curso», dice ella todos los días. Ninguno quiere molestarla con eso. 

El año pasado María dejó el colegio. Porque era caro, no aprendía nada y ya le estaban fastidiando. Eso podría haber funcionado si María hubiese cumplido los 16, pero todavía tiene diez años. En cualquier caso, consiguió mantenerse fuera durante unas cuantas semanas, y a lo largo de esas semanas parece que estuvo aprendiendo cosas por su cuenta. Cuando la obligaron a volver su mochila pesaba más de lo normal y el trabajo de fin de curso se había convertido en una prioridad. Una manera de demostrar sus nuevos conocimientos al margen de las instituciones. Lo natural sería que María se encerrara en la biblioteca, pero en realidad no la necesita en absoluto. Ya no. Si alguien le preguntase María contestaría: «He hecho ahí todo lo que tenía que hacer.» También sonreiría porque acaba de descubrir que una sonrisa bien empleada es más útil que una navaja suiza con conexión a internet. Pero nadie le ha preguntado. 

Si alguien la siguiese —algo difícil porque María ha aprendido a tomar precauciones— y dibujase sobre un plano sus movimientos se sorprendería contemplando dibujos extraños. Formas reconocibles aunque sin interpretación aparente. Invocaciones, quién podría asegurarlo. De seguirla alguien, recorrería tras ella las galerías inferiores del colegio. El gimnasio, el aula de tecnología, la sala de calderas. Si alguien lo hiciera inevitablemente escucharía el sonido de algo metálico golpeando suave e insistentemente el hormigón. Un pequeño martillo carcomiendo durante meses los pilares de sujeción del edificio. Un salmo remoto convertido en melodioso susurro infantil. En el improbable caso de que fuese sorprendida, María se retiraría un mechón de la cara y respondería sin apartar la vista de su trabajo: «No deberías estar aquí. Ninguno de los dos deberíamos estar aquí.» Y ya sería demasiado tarde para impedir nada, porque María ha avanzado mucho en su tarea últimamente.

7/3/16

verbo inc.

Serán sólo cien palabras convenientemente seleccionadas, lo hemos hecho infinidad de veces antes. No se preocupe, es una técnica indolora, una intervención magnética transcraneana en la que no es necesario abrir para acceder a su cerebro. Después de eso, un par de días de reposo para que los conceptos se asienten de la mejor manera posible y establezcan una conexión sólida entre ellos. Naturalmente sería un proceso mucho más laborioso en caso de que quisiera hacer carrera en el mundo del periodismo serio o escribir una novela aceptable, pero, créame, si lo que pretende es presentarse como candidato con esto tiene de sobra.