4/4/14

metódicamente enamorados

A y B se conocieron en un curso de contabilidad financiera. B ocupaba uno de los últimos asientos de la clase, así que dominaba toda el aula con sólo levantar la vista de los apuntes. Que se fijara en ella era cuestión de poco tiempo. A tardó algo más en fijarse en él, pero cuando al fin lo hizo, cuando B empezó a resaltar a sus ojos ante el resto de compañeros, lo hizo con un interés que dejaba a ambos en igualdad de condiciones. Ahora uno de los dos tenía que dar el paso. 

En realidad no importa quién lo dio. El caso es que empezaron a sentarse juntos en clase. A hacerse reír. A desaprovechar el curso y a aprovecharlo de otra manera. ¿Quieres hacer algo después? Sí, vale. Por qué no. Durante la última etapa de la Humanidad el destino de la especie se ha articulado en torno a esta sugerencia. Así que A y B comenzaron una relación. Sus cerebros se pusieron a segregar dopamina, testosterona y norepinefrina con una intensidad muy superior a la normal. Conforme los niveles de serotonina descendían, la obsesión de A por B y de B por A se acrecentaba. Cuando la pasión entra por la puerta el control salta por la ventana. 

Hay estudios que demuestran que lo que todos entendemos por amor no dura, en realidad, más que dos o tres años. Cuatro en el mejor de los casos. Y esa primera fase de entusiasmo (en la que más que de amor deberíamos hablar de enamoramiento) se extingue pasados los primeros doce meses. Aproximadamente. A partir de ese momento la pareja entra en una fase de tolerancia mutua. Es un proceso químico. La química no entiende de sentimientos. Aunque sea precisamente la encargada de producirlos. Ningún ser humano podría tolerar el desorden que una reacción así provoca en el organismo durante un intervalo más amplio. A y B se encontraban inmersos en esa fase. La del enamoramiento. Euforia, hiperactividad y pérdida de apetito. Pero decidieron tomarse las cosas con calma. 

Un mensaje por semana. Del tipo que fuera. A través del medio que fuese. Escueto, eso sí. Bajo ninguna circunstancia podía rebasar una línea de texto. Las conversaciones duraban meses. Llamadas telefónicas cuidadosamente distribuidas. Un pequeño encuentro cada siete semanas. Apenas unos minutos. Suficientes para que sus pupilas se dilataran, sus bocas se secasen y sus manos juguetearan con cualquier cosa que tuvieran cerca. Tardaron más de un año en darse un beso. La espera mereció la pena. 

Cualquiera se desesperaría ante una situación así. Cualquiera habría acelerado el devenir de los acontecimientos o, en último término, habría abandonado. Se habría rendido, por ejemplo, a la inmediatez del sexo casual con alguna otra persona en medio de un proceso tan largo. Es difícil saber qué tipo de recompensas pueden obtenerse de un noviazgo de este tipo. Qué nivel de profundidad se puede llegar a alcanzar. Nadie lo había hecho antes y parece probable que pase bastante tiempo hasta que otra pareja establezca una conducta semejante. Ni siquiera ellos, ni A ni B, son capaces de explicarlo del todo. Sus relaciones anteriores fueron normales en ese sentido. A ninguno de los dos se le pasó nunca por la cabeza algo así. Pero lo que para otros no funciona, en su caso ha salido bastante bien hasta ahora. Después de quince años están punto de irse de vacaciones juntos. Por fin. Y siguen —literalmente— tan enamorados como el primer día. 

(Escuchando: Crocodiles - She splits me up) 

1 comentario:

Carlos de la Parra dijo...

Interesante teoría de métodos de mantenimiento amoroso, aunque las variantes de convivir en forma permanente traerán sus propios resultados.
Quedamos ignorando si A y B poseen valores y virtudes personales o si son un par de maniacos represivos.