5/8/13

santa maría de los tejados

Cuentan que hace mucho tiempo, en la ciudad en la que nací (si ahora es pequeña entonces lo era mucho más), había una niña que se llamaba María Laplaza. María estaba todo el día trepando a los árboles, a los tejados y a las torres de las iglesias. Cuando alguien la llamaba, podía aparecer por cualquier lado. Siempre descolgándose desde alguna tubería, siempre entrando en las casas por la ventana menos pensada, siempre corriendo por las azoteas. Todo el mundo la conocía. Aquella niña tan bonita y tan buena y tan graciosa. María de los Tejados. 

Una tarde María no bajó. Al principio sus padres pensaron que estaba enfadada por algo, o que se había entretenido más de la cuenta persiguiendo a los pájaros. ¿Caerse? ¿Cómo iba a caerse si era hija de las alturas? Eso se decían. Pasó un día y seguía sin bajar. Pasó otro día. Y otro. Y otro. Y jamás bajó. Y los vecinos y familiares de María, con una tristeza tan profunda que no puede compararse con nada en este mundo, tuvieron que hacerse a la idea de que no la verían nunca más. Llegaron a la conclusión de que se había encaramado a un punto tan alto, que había terminando alcanzando el Cielo. Siendo tan bonita, tan buena y tan graciosa, los ángeles quisieron que se quedara con ellos para siempre. Así había tenido que ser. Entonces, igual que dejó de ser María Laplaza para convertirse en María de los Tejados, la ciudad entera la reconoció como Santa María de los Tejados. 

El lugar en el que nací es igual que otros muchos lugares. Cuando algo va mal, la gente mira hacia arriba y pide ayuda. Pero mientras en otros sitios piden ayuda a Dios, allí le piden ayuda a ella.

(Escuchando: Kadavar - Doomsday Machine)