22/8/13

las manos de alicia

Cada vez que la pequeña Alicia veía una estrella fugaz o soplaba las velas de su tarta de cumpleaños (en el improbable caso de que se hubiera encontrado con un genio salido de una lámpara habría obrado igual) pedía un deseo. Un único deseo. Siempre el mismo. No perder sus manos. Le aterraba la idea de quedarse sin ellas. ¿Cómo manejarse sin manos? Tenía que ser algo terriblemente complicado que no le apetecía comprobar.

Pasó el tiempo, se hizo mayor y… Ya. Tuvo un accidente y le cortaron las manos. No, no. Yo no he dicho eso. Los brazos entonces. Claro que no, ¿cómo iba a conservar las manos habiéndole amputado los brazos? Ya sé. Las piernas. Una de ellas por lo menos. Que no, que no. Algún dedo. Nada. Qué manía. ¿Quién está escribiendo esto, vosotros o yo? Pues entonces. Dejadme que siga. Pasó el tiempo, se hizo mayor y sus manos siguieron desarrollándose al mismo ritmo que el resto de su cuerpo. No hay mucha gente que pueda presumir de lograr que sus anhelos más primarios se hagan realidad. Alicia lo estaba consiguiendo. Y sí, vale, ahora viene el accidente.

Una tarde de primavera Alicia estaba esperando el ascensor. Que parecía estar averiado, porque no bajaba. Introduzcamos aquí una pequeña elipsis para ahorrarnos el proceso que la llevó a situarse en el hueco del ascensor al tratar de ponerlo en marcha y situémosla ahí directamente. Que es lo que nos interesa. Subir andando no es una opción en este caso. Bien. Ahora dejemos caer el ascensor sobre ella. Ante la que se le venía encima, Alicia sólo pudo reaccionar alargando sus extremidades superiores hacia la escalera en un intento de poner las manos a salvo. A salvo quedaron. Chapoteando alegremente en un charquito de sangre hasta que un médico que pasaba por allí porque iba de visita al quinto izquierda (ya se sabe cómo son este tipo de casualidades) se hizo cargo de ellas. Diríase que la obsesión de Alicia por no perder sus manos condujo a sus manos a perderla a ella. Podría decirse esto si no fuera una soberana gilipollez.

Menos de 15 horas después, sus manos ya formaban parte de una mujer con el mismo grupo sanguíneo que ella y una estructura ósea parecida. Vaya, parece que se salió con la suya. Las manos de Alicia siguieron funcionando después incluso de que hubiera muerto. Qué va. El sistema inmunológico de la receptora terminó rechazándolas y hubo que extraérselas. ¿Pudieron implantárselas a otra persona? Pero bueno, ¿estamos locos? Menuda marranada. Unas manos de tercera mano. A quién se le ocurre. Las manos descansan en la misma tumba en la que lo hace su propietaria original. Como tiene que ser. 

(Escuchando: Primal Scream - Elimination Blues)

2 comentarios:

Carlos de la Parra dijo...

Le echaste una manita despiadada a nuestra protagonista con éste relato.
Todo pianista que lea ésto, ha sido condenado por tí al uso de la escalera.
Espero estés disfrutando de salud mental, físicamente pareces estar sano.

budoson dijo...

¿Significa eso que mentalmente parezco no estarlo?