13/1/15

el barco pirata de playmobil

Luego vinieron las malas notas. El comportamiento inapropiado. Los amigos poco recomendables, las vejaciones verbales y físicas a los compañeros de clase. Contestar mal a sus padres y agredirles llegado el momento. Sexo precoz carente de afecto. El abuso descontrolado de sustancias estupefacientes en coches robados conducidos a 200 kilómetros por hora a través de carreteras comarcales. Sin carné. Animales desmembrados, calcinados, parcialmente devorados y reducidos a viscosas masas de color escarlata. Violaciones. También a menores. Los asaltos a centros geriátricos y los atentados aleatorios en jugueterías. Personas sanas infectadas con enfermedades incurables en hospitales que tendrían que haber estado mejor vigilados. Asesinatos en masa. Caos. Miseria. Muerte y podredumbre. Un único jinete del Apocalipsis a lomos de la depravación más absoluta que haya conocido jamás la raza humana. Espoleada por la maldad ilimitada de una crueldad sin parangón. 

Antes de eso había venido un período en el que nadie habría reconocido al hombre que se convirtió en demonio y consumó su imperio del terror inmolándose sobre la azotea del Ministerio de Justicia. En el transcurso de aquellos 12 meses Alberto López cumplió 8 años. Ayudó a su madre. Acompañó a pescar a su padre. Bajó la basura. Hizo todos los ejercicios de matemáticas. Hasta los optativos. Lo que le valió una fama de empollón que los abusones del colegio no dejaron escapar. Recibió collejas, guantazos y escupitajos y tuvo una docena de motes denigrantes. Pero aguantó. Se concentró en su tarea, esquivó las zancadillas y fue cada jueves a visitar a sus abuelos. Y siguió aguantando. Aquella irreprochable conducta perseguía un único fin. Lo dejó escrito en la carta a los Reyes Magos cuando se completaba el ciclo inaugurado el Día de Reyes del año anterior. “Esta vez he sido bueno. He sido bueno de verdad. He sido bueno en todo momento y de todo corazón. Si alguna persona ha sido buena a lo largo de la historia, ése soy yo. Lo único que os pido a cambio es que estas navidades por fin me traigáis lo que os pido. El barco pirata de Playmobil.” 

La mañana de Reyes en que deberían haberle regalado el barco pirata de Playmobil, Alberto López se encontraba junto al árbol de Navidad y frente a una raquítica barquichuela que ni era de Playmobil ni era pirata ni era nada, gobernada por un marinero de plástico que parecía aquejado de cretinismo y con las rayas de su camiseta siguiendo un trazado diferente al de los surcos practicados en su torso para alojarlas. El chico sostenía una bola del árbol en su mano izquierda, ejerciendo tal presión sobre ella que la hizo estallar en minúsculos fragmentos. Mientras la sangre le corría por el brazo masculló entre sus dientes coléricamente apretados: “Os vais a reír de vuestra puta madre”.