11/7/13

la ciudad arde sin consumirse

Todavía faltan varias horas para el amanecer y el calor es cruel. La ciudad está encerrada en una pesada manta de ámbar borroso. Un perro ladra en la distancia sin saber que es la representación de un tópico. No se escucha nada más. Tal vez el crujido de la madera. El murmullo de los transformadores. Algunos edificios están en llamas. Combustiones espontáneas. Fuegos provocados por adolescentes enloquecidos. Miles de cuerpos rugosos se mueven a cámara lenta sobre colchones demasiado grandes para uno solo. Demasiado pequeños para dos. Ráfagas intermitentes de imágenes que les avergonzarán por la mañana cruzan sus mentes. Pican las cicatrices. Al oeste, en un sótano desprovisto de cualquier sistema de ventilación, un hombre tiembla en una esquina. Se está muriendo de frío. El verano más caluroso de los últimos cincuenta años, el insomnio. Han traído cosas terribles que no quería recordar. Un iceberg que se ha fragmentado y que el corazón bombea ahora hacia el cerebro. Donde flotan los pedazos de hielo. El hombre se muere de frío. Encontrarán su cuerpo el jueves. Y no habrá ni rastro de esa sonrisa con la que suelen encontrar a los muertos por congelación. 

(Escuchando: The Meteors - Simply ravishing)

2 comentarios:

Carlos de la Parra dijo...

Una joya de relato en cada pieza de su mecanismo. Y deja la pregunta ¿Se sonríe de dolor uno al congelarse?

budoson dijo...

Muchas gracias, Carlos. Si te soy completamente sincero, ni siquiera sé si esa sonrisa se produce. Motivada por el dolor o por cualquier otra causa. Y se lo he preguntado a médicos.