12/4/12

матрёшка

A Remedios Puerta no le gustaba la realidad. Naturalmente, había cosas que no estaban mal. Los perros, el chocolate y el sol estaban bastante bien, pero por regla general prefería refugiarse en su universo interior. Allí todo era como tenía que ser. Sus expediciones introspectivas eran anecdóticas al principio, pero gradualmente se fueron haciendo más y más frecuentes. Había dado con la puerta del remedio a todos los males del exterior. Los juegos de palabras con su nombre eran una de esas cosas que tanto odiaba. Así, empezó a pasar tanto tiempo dentro de sí misma, que un día llegó a olvidarse de su propio cuerpo. Dejó de utilizarlo. Cuando emergía del recoveco más recóndito del sótano de las profundidades de su pensamiento, había veces que se descubría en una posición extraña. Con un brazo levantado, por ejemplo. Entonces, alguien le decía que había estado así durante horas, pero ella no sentía ningún cansancio, ningún dolor en el brazo.

Lo que pasó después no es agradable. Por suerte, nunca se enteró. Estado vegetativo provocado por un harakiri mental al que Remedios se entregó en un viaje sin retorno. Con todo lo que eso conlleva. Para la gente de su alredor, gente que la quería. Episodios mucho menos amables de gente que no la quería tanto y se las arreglaba para entrar en su habitación por la noche. Cosas en las no es necesario profundizar. Es mejor quedarse con los datos que pudieron recogerse a partir de las pruebas cerebrales que le estuvieron haciendo hasta el final. Según estos, su actividad mental era maravillosamente intensa. Un hervidero de conexiones neuronales, estímulos y destellos eléctricos. Algo nunca visto. Un espectáculo de una belleza incomparable. A través de las mismas pruebas se extrajo además un resultado con todos los visos de ser concluyente: ella era feliz. Y probablemente siga siéndolo varios años después de su muerte. En un mundo que no llegaremos a conocer jamás.

(Escuchando: U2 - Zoo Station)