12/1/12

stigmata martyr

Yo fui lo más parecido a un amigo que tuvo nunca. Su madre y la mía se conocían desde pequeñas, y como teníamos casi la misma edad, bueno, coincidimos en algún momento. Fue mucho antes de lo de las marcas, claro.

Calculo que eso debió empezar en 1965. Al principio sentía un picor molesto en las palmas de las manos, algo insignificante que terminó convirtiéndose en pequeñas heridas que se hicieron más profundas con el paso del tiempo. Se estará preguntando si no fue él mismo el que se las causó al rascarse, pero no. No fue así. Simplemente surgieron. Lo mismo que las de los pies, la del costado, la cruz en la frente y algunas otras que aparecían y desaparecían. Las heridas de Cristo, ya sabe. A mí, como a todos, como a él mismo, me pareció muy raro, evidentemente. Había oído historias de estigmatizados y puede que incluso hubiera visto alguna foto en tal o cual periódico, pero nunca tuvimos claro que en su caso fueran estigmas. ¿Puede pasarle eso a alguien que siempre ha sido ateo? Imagino que es un buen motivo para convertirse en creyente, pero él siguió siendo todavía más ateo. Antiteo, diría yo. No sé si la palabra existe.

Que se enterara todo el barrio fue cuestión de unas pocas semanas. Una cosa así no puede ocultarse. Y le aseguro que se esforzó en ocultarlo, pero era imposible. La gente le paraba por la calle, le cogía de las manos y le quitaba los guantes que siempre llevaba puestos. Algunos intentaban besarle las heridas. La cosa se descontroló completamente. Yo solía pensar que la situación se normalizaría en un año, pero fue a más. La televisión influyó mucho. Al final no podía ni salir de casa. Resulta curioso que hoy nadie se acuerde de lo que pasó. Es extraño. Bien, hay personas que lo recuerdan, naturalmente, pero ya me entiende. Pregúntele a cualquier chaval de la zona y verá como no tiene ni idea.

Si espera que le aclare cómo murió, me temo que no puedo ayudarle. Se habló de suicidio, pero yo no me lo trago. No, era demasiado orgulloso. No sé lo que ha dicho el Papa últimamente sobre los suicidios, sólo sé que antes los suicidas no iban al Cielo. Se habría pegado un tiro únicamente para asegurarse de pasar el resto de la eternidad lejos de Dios, sí. Si hubiese creído en Dios y en el Cielo. Además, había hecho suficientes cosas como para no salvarse ni aunque hubiera vivido nueve veces. Tampoco creía en la reencarnación ni en nada de eso. No creía en nada.

De lo que pasó después no sé qué pensar. Estoy convencido de que la fe puede hacer milagros, pero, precisamente, es la fe la que consigue hacerlos. Y ahora pretenden que la Iglesia le beatifique. A él. Es difícil de creer. Paralíticos cerebrales que mejoran gracias a su influencia. Una monja en Siena que ha recuperado la movilidad en una pierna por rezarle. Drogadictos que han visto apariciones suyas y han vuelto al camino correcto. Mire, le voy a decir algo. Todo esto no demuestra un carajo. Y si demostrara algo, sería precisamente la no existencia de una vida después de la muerte. Porque, créame, llegué a conocer a ese hombre, y no hizo nada por nadie en toda su vida. Dudo mucho que haya empezado a hacerlo a partir de su muerte.

(Escuchando: Dead Can Dance - The love that cannot be)

3 comentarios:

carlos de la parra dijo...

Clara información para iluminar a quienes por ver algo fuera de lo cotidiano asumen que existen poderes y más atributos.
Es humano seguir especulando.
Pero no hay que hacerlo en forma idiota.
Nada sobrenatural se ha comprobado, lo cual a la vez no significa nada.
Que honesto es un buen : No sé.

budoson dijo...

Amén.

Narrativa Cuántica dijo...

A parte de las consideraciones éticas y metafísicas de la cosa -que comparto- me ha gustado la manera directa de estar escrito el cuento. La historia que explica quizás daría para una novela, ya me la imagino...