Todo el mundo sabía que era una mujer bala. “Te has vuelto a tropezar, ¿no?”, le preguntaban irónicamente cuando veían los moratones de sus brazos. “¿Por qué te haces esto?”, repetía constantemente su marido. Pero ella no iba a dejarlo. Aunque no la entendiesen, aunque fuera lo último que hiciera. Una noche preparó todo para el gran viaje, ya no podía más. Todos pudieron oír el estruendo del cañonazo. Por la mañana, la vidriera de la fachada de la iglesia de Zacel, un pueblo a 150 kilómetros, apareció destrozada, y muchos bancos astillados y desplazados. Mientras, la mujer bala volvía a nacer en el hospital rural. Empezaba de cero.
(Escuchando: Ennio Morricone - La Resa Dei Conti)





