21/8/19

vive


—Elvis, bajo al chino, ¿quieres algo? 

Elvis Aaron Presley está derrumbado sobre la mesa de la cocina, la cabeza en el plato que tres minutos antes contenía un sándwich (el favorito del Rey) a base de mantequilla de cacahuete, miel, plátano y beicon. Su nuevo cuerpo sintético se encuentra dispensado de los imperativos alimenticios comunes, pero él no lo sabe aún. Levanta la mano en un gesto que Víctor no es capaz de interpretar y la deja caer de nuevo, así que Víctor sale de casa lamentándose de su suerte.

142 años antes de eso, la Memphis Mafia consiguió rescatar el cerebro de Elvis en el momento previo a su entierro. Durante un tiempo pasó de uno a otro de los miembros de confianza de Presley permaneciendo oculto. Hasta ahora.

El tío de Víctor, Bill, un fontanero de Tulsa, conoció a la tía de Víctor mientras ambos veraneaban en Estepona. Los dos se enamoraron y Bill vino a vivir a España. Como Víctor ha descubierto 24 horas atrás, con él, en calidad de heredero de la Memphis Mafia y depositario último, vino también el cerebro de Elvis. Al resto de sucesores de los yes men originales España les pareció una localización perfecta para llevar a cabo su propósito.

La reactivación del cerebro de Elvis dentro de un organismo artificial desarrollado durante cerca de una década por Bandai iba a producirse durante la noche de ayer en el garaje de Bill y Margarita, pero una filtración precipitó el traslado del equipo de animación al piso de Víctor. En otras circunstancias, Víctor no habría tenido mayor problema con el imprevisto, siendo como es un tipo con inquietudes y abierto a nuevas experiencias (tal vez estemos en 2119, pero ciertas cosas continúan sin ser habituales). Todo habría sido de otra manera si no hubiera quedado precisamente anoche con María la de recursos humanos, después de siete meses tras ella.

El verdadero motivo que impulsa a Víctor a bajar las escaleras de casa compungido por su habitual mala fortuna es lo que le ha contado a María: la verdad, ni más ni menos. Si esto fuera un guión dirigido por, por ejemplo, Joe Dante, María la de recursos humanos, la de los encantadores hoyitos alrededor de la boca cuando sonríe, habría reaccionado con un enfado momentáneo ante la anulación de la cita, pero en un par de días descubriría que Víctor no mentía, y los tres, Víctor, María y Elvis, se verían involucrados en toda suerte de fabulosas aventuras, culminando la cosa en una boda oficiada por su rockera majestad. Como no lo es, María le ha mandado a tomar por culo (en realidad le ha venido muy bien, porque Víctor será muy de decir la verdad y muy abierto a nuevas experiencias, aunque también es un poco tonto y pesado como él solo, y a ella quien le gusta de veras es Martín el de finanzas).

Sentado en un banco del parque, Víctor rumia su pesar con una bolsa de Apetinas del chino. Se consuela pensando que con María ya no, pero quizá, ahora que van a ser compañeros de piso, con la tataratataranieta de Elvis que salió el otro día por la tele y también tiene unos hoyuelos muy graciosos…

* * *

Este relato fue escrito para el fanzine Ilustres héroes del rock. Puedes pedirle una copia a Adi

16/2/19

alicia feliz no todo el rato

Más que cualquier herencia genética o predisposición biológica hacia la melancolía, lo que a Alicia Feliz no le hacía feliz era el carril por el que la vida la iba transportando. 

Así que Alicia Feliz a veces estaba triste. Otras no. A veces estaba muy triste y a veces llegaba incluso a estar muy pero que muy triste. Por lo general no, ¿eh? Por lo general, guay. Pero a veces, mal. Cosas. 

Alicia Feliz no tenía nada de estúpida, de manera que cuando estaba triste, muy triste y sobre todo muy pero que muy triste, se daba cuenta de lo patronímicamente ridículo de la situación. Eso le hacía mucha gracia. Le hacía reír. Y las penas se le quitaban un poco y luego ya del del todo. 

Porque Alicia Feliz sabía que, con independencia de por dónde decidiera la vida llevarla, Feliz siempre iba a ser, lo cual le garantizaba un blindaje contra la tristeza suyo y de nadie más. 

Era feliz pensándolo. 

19/12/18

misa del espectador

Me dice: intento ir a misa
todas las semanas. 
Le digo: yo al cine. 
Es mi eucaristía, 
el cine. 
Es mi precepto, 
mi sacramento,
es una promesa de salvación. 
Los cines 
son las iglesias.

3/12/18

eterno resplandor de la mente inmaculada

Andy Silverman, el veterano cómico judío, el hombre que ha hecho reír a varias generaciones de norteamericanos, y por extensión, a varios millones de personas alrededor del mundo. Andy Silverman, la leyenda, recibe esta noche el premio a una carrera entregada al público. 

Más de 3000 asistentes puestos en pie, una ovación sincera y unánime, aplauden a la discreta figura que avanza con pasos cortos pero enérgicos a través del pasillo central. Nick Dixon, un detective genital, Bananas go Bananas, Mi loca leprosería. Y los monólogos, los libros. Todas las reflexiones ingeniosas. Las entrevistas en ropa interior. Aquella en el cuarto de baño de un avión. Aquella sobre una enorme pila de estiércol. Andy Silverman, ojalá fuéramos tú. Ojalá lo hubiéramos sido en algún momento al menos.

Después de subir al escenario dando un salto, el único sonido en todo el teatro es el del papel, desdoblándose, que extrae del bolsillo interior de su chaqueta. Hasta él necesita un guión en una situación como ésta. Viejo Silverman, lunático maravilloso, con qué nos saldrás esta vez.

El repaso a su vida es conmovedor y ocurrente, las lágrimas del auditorio pasan de la hilaridad a la emoción a través de sus estados intermedios. De pronto Andy hace una parada. Sonríe, agacha la cabeza. Hasta él se turba en una situación como ésta. «No, no es eso. Es que, veréis, no entiendo lo que pone aquí. No entiendo mi propia letra». Tan típico de Andy. Tan Silverman. Nadie ha conseguido dominar igual de bien el ritmo en la comedia. Las pausas y los silencios.

La parte final del discurso provoca que los presentes estallen en una salva de aplausos que dura varios minutos. Continúa mientras Andy Silverman recoge el galardón. Mientras saluda dando las gracias. Mientras baja de las tablas.

El texto que Andy ha leído vuelve a estar en el bolsillo interior de su chaqueta. No lo ha escrito a mano. Está escrito en letras de molde. Courier, tamaño 12. Igual que siempre.

Continúa mientras Andy Silverman camina por el pasillo central.

Ha querido guardarse esa pequeña broma para sí mismo.

Continúa mientras Andy Silverman se pierde entre las sombras del fondo del teatro.

Porque la certeza de que está comenzando a olvidar cómo se lee y todas las demás cosas es demasiado para él, y no conoce otra manera de enfrentarlo.

Continúa mientras Andy Silverman abre la puerta de salida. Y se va.

12/11/18

sálvanos, hombre trivago

El sonido del parqué crujiendo 
bajo gruesos calcetines de lana. 
Gruesos jerséis de lana 
y una taza de chocolate caliente.
Treme en Blue-ray. 
Cocinar con una copa de vino blanco,
Massive Attack al Mad Cool. 
Tabaco, de fiesta. 
Un porro después de cenar,
en contadas ocasiones  
(cocaína, una vez).
Fruta. La fruta. 
Paula. 
Mónica. 
Esther. 
Algo cercano a una experiencia homosexual
en la escuela de negocios. 
Arquitectura. La arquitectura. 
Sobrinos
con gruesos jerséis de lana.  
Ligeros problemas de espalda,
spinning, lo mejor.
Patinete eléctrico,
un modelo sostenible. 
Mochilero en Latinoamérica,
cuatro estrellas en Berlín.
Nochevieja en Rabat,
inspiración nórdica. 
El hijo predilecto de Europa. 
Por favor, Hombre Trivago. 
Hombre Trivago, por lo que más quieras,
sálvanos de toda esta inmundicia. 
No más miradas desesperadas, 
no más abatimiento, 
no más reclusión. 
Enséñanos tus fotos
en restaurantes balineses, 
ayúdanos a soñar. 

8/11/18

valtari

En un primer momento se me había pasado por la cabeza que esto lo escribiera Valtari. Colocarlo sobre el teclado y a ver. 6vr66r ¡4nkññññsc owqioikcanlñfweo. Algo parecido a eso. Pero Valtari es muy grande y me da no sé qué ponerlo ahí. Está fuera, voy a salir a fumar y os cuento cómo de grande es. 

Lo que yo decía. Muy grande. Valtari es un gato. Gatazzo. Está gordo y si le frotas el lomo se deja caer como un niño gordo. Luego te muerde y no existe otra manera de que haga algo de ejercicio, uno o dos abdominales espasmódicos. Tiene la cabeza de un gato callejero y el cuerpo más o menos de un bosque de Noruega, que es una raza de gatos que hay. Por eso se llama Valtari. Por el disco de Sigur Rós. Que Sigur Rós sean islandeses en lugar de noruegos no guarda ninguna relación. Los bosque de Noruega cazan ratones, pueden pescar peces y son ágiles y juguetones. Valtari no. Valtari hace lo que le sale de los cojones. Valtari no tiene cojones, pero ni siquiera eso es un impedimento para que lo haga. 

Valtari está obsesionado con la manguera de la terraza. A veces come hierba y otras se escapa a Pequeño Prípiat (me doy perfecta cuenta de que no sabéis qué es Pequeño Prípiat). Tiene manicas como de mono y te partes de risa con él cuando en mitad de un maullido se le escapa un bostezo. Si le tiras un palo, te lo trae. Durante las últimas semanas nos fuimos uno a uno a pasar varios días fuera y Valtari se estresó. Intenté convencerle de que no estaba en una película de terror en la que los personajes van desapareciendo poco a poco, no me hizo caso. Nunca me hace caso porque según parece prefiere a las mujeres. Lo entiendo. Por la mañana le cojo de la cara y le digo: «Valtari, tío, tienes treinta y tantos años [su edad de gato], ya va siendo hora de que te comportes como una persona normal». Nada. Le da igual. También entiendo eso.

Algunas tardes viene a verle otro gato al que llamamos Batman (si al final resulta ser una gata la llamaremos Catwoman), aunque ocurre como cuando yo trato de explicarle las cosas. Se miran un rato, conforme. A lo mejor hasta intercambian cuatro chascarrillos, pero Valtari pasa enseguida a lamerse allí donde solían alojarse sus pelotas.  

No sé qué más contaros de él. Se le han puesto los ojos de medianoche y está frenético perdido tratando de conseguir un trozo de pavo. Ven, Voltarén, satánico animal. Firma; anda. 

´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´-

20/8/18

esperanzas grandes

Lo que las hacía grandes era que se conocieron en el cuarto de baño de la casa de un amigo en común durante una fiesta. Esperanza estaba tumbada en el suelo porque se había mareado porque llevaba varios días sin comer prácticamente nada porque su novio la había dejado. Tenía la mirada fija en una mancha de humedad del techo cuya forma no recordaba a ninguna cosa en particular. Pensaba en que desde luego no estaba para fiestas y rezaba para que nadie entrara en el cuarto de baño en ese momento. 

En ese momento Esperanza entró en el cuarto de baño y vio a Esperanza tumbada en el suelo. «Oh, madre mía, ¿estás bien?». Luego le pediría perdón por no haberla ayudado a levantarse en lugar de seguir andando hacia la taza del váter, pero se meaba de verdad. «Sí, estoy bien. Estoy… cansada». También las hacía grandes eso. Cuando Esperanza la ayudó a levantarse y le preguntó cómo se llamaba, Esperanza dijo que Esperanza, y Esperanza encontró muchas más similitudes en el fondo de los ojos de Esperanza con lo que había en el fondo de los suyos que en la concordancia de los nombres, aun siendo poco habituales. Esperanza entonces, por animarla a ella y animarse a sí misma, dijo que eran grandes Esperanzas. Esperanza sonrió por primera vez en una semana. 

Lo que las hacía grandes era que así se hicieron amigas. Grandes amigas. Amigas grandes. Así se hicieron grandes la una a la otra. Ocurrió que tiempo después de aquello, aunque ninguna de las dos había salido con una mujer antes, empezaron a salir juntas. Durante un tiempo. Hasta que eso terminó, como terminan la mayoría de historias de este tipo, por otra parte. Pero que eso terminara no impidió que siguieran siendo amigas y que siguieran siendo grandes. Lo que las hacía más grandes todavía.

9/7/18

los años duros

No estuvieron mal los años duros, ¿eh?
En cuanto a dureza,
me refiero.
Fueron bastante duros,
cumplieron con su cometido,
estuvieron bastante bien,
de hecho,
en ese sentido.
Todo parecía ponerse en contra, ¿eh?
Mucha mala suerte durante los duros años
duros,
(el autocorrector me sugiere «muros»
y pienso: sí,
hubo muchos muros, duros),
malas decisiones
también.
No le vimos los dientes al lobo,
pero vimos agitarse matorrales
a nuestro alrededor,
lo recordarás.
Te escribo desde aquí aún,
desde los años duros
todavía,
para que nos riamos juntos
cuando lo leas
en el futuro.
Algún día nos reiremos de esto,
ya sabes.
Diremos:
los años duros,
qué gracioso.
Qué divertido resulta
aquello,
ahora que los auténticos años duros
no han hecho más que empezar.

19/6/18

ingolstadt

No te preocupes que si la conversación dura lo suficiente ya se las arregla él para hacerla desembocar en revelaciones que, hombre, así a bote pronto, como no le conozcas mucho o le acabes de conocer o aunque le conozcas de toda la vida, resultan un poco violentas. No sabe tú, así, como ejemplo, pero él ha probado el sexo anal, por supuesto que claro que sí. Te lo cuenta con eso muy suyo de acercar su cara demasiado a la de los demás y reírse como un cortacésped. Te lo cuenta ─lo sabe el barrio entero─ porque una vez terminó medioliándose con una tal Ana, voluminosa de impresionar, pero la tía iba tan borracha que se quedó dormida in medias res. Sexo anal. Se troncha. Muy celebrado también (por él) lo de unos años atrás, cuando cayó un premio importante del gordo de Navidad debajo de su casa (le tocaron 144,55 euros de mierda) y vinieron los de Coslada TV, y ante la ranciada del periodista de «¿Qué va a hacer usted con tanto dinero?», replicó con un fósil a la altura: «Tapar agujeros». «Muy bien, muy bien, enhorabuena», se retira el presentador complacido en los vídeos de la época a la caza de algún otro residente al que entrevistar. Ahí puede verse cómo nuestro hombre intercepta el brazo del reportero en su huida y acerca la boca al micrófono repitiendo «tapar agujeros». «Tapar agujeros, claro, muy bien». Y una vez más: «Agujeros». Cortacésped. Que pensaba invertir en irse de putas, vamos. La risión. Los vecinos le aprecian. Es una buena persona, no cae mal en realidad. Tiene bastantes amigos. Le quieren. Ayer por la mañana sufrió un accidente en la fábrica con una fresadora. Sigue en el hospital porque han tenido que amputarle dos dedos. Todavía no ha ido a visitarle nadie.

21/5/18

es 1999

De acuerdo. Ahora imagina esto. Es 1999. Faltan once años para el lanzamiento de Instagram. En la radio suenan los Backstreet Boys, Britney Spears o Tender de Blur. Trabajas en una tienda de fotografía, es verano y es el verano previo a que empieces la universidad. Tus padres querían que lo hicieras y el dinero no te viene nada mal. Estás revelando el carrete que alguien te ha confiado hace un rato. Las fotos tienen que entregarse mañana, revelados en 24 horas, ya sabes, 1999. El carrete es de 36. Dentro de la cubeta las imágenes se aclaran poco a poco. Atónito, compruebas que en todas ellas aparece el cliente retratado. Primeros planos. Fotos a él mismo, autofotos. Tomadas a escasos centímetros de su cara. Los ojos muy abiertos, sonríe. Una sonrisa hiperbólica, extraña, grotesca. En varias proyecta los labios hacia el espectador, como si estuviera enviándole un beso. En algunas aparece con unas orejas y un hocico de conejo. En una con dos ancianos de mirada confundida, aturdidos, cansados, sus padres tal vez. En otra sostiene a un bebé. ¿Cuánto tiempo tardas en llamar a la policía?

9/4/18

2024

En 2024 lo que se llevaba era terminar en la cárcel (el consumo compulsivo de Netflix, con consecuencias tales como pérdida total de visión o supresión de la individualidad, había dejado de ser un reto estimulante). Conseguir que te llamaran fascista, estalinista, misógino, terrorista o asesino era bastante sencillo. Bastaba con escribir cualquier cosa. Para llegar a la cárcel había que esforzarse un poco más. Así que la juventud estudiaba a los clásicos buscando en aquellos libros una fórmula precisa para acabar entre rejas. Podías decapitar a tu padre y violar su cabeza, poner una bomba en una guardería o abandonar a tu abuela desnuda en el bosque a medianoche, pero las redes sociales eran lo único que te garantizaba el acceso a una prisión de máxima seguridad.

Una vez allí resultaba primordial subsistir. Superada esta primera fase había que ascender hasta lo más alto. Hasta la cúspide de los reclusos más execrables. Sólo unos pocos lo conseguían. Cualquier pequeño desliz y podías quedarte en el camino, pasando a desempeñar un puesto dentro de cualquiera de los estamentos simplemente ignorados de la sociedad. Cultura, ciencia, educación o cargos todavía peores. Riesgo elevado, a la altura de la recompensa: un torneo a muerte entre los presos que integraban la jerarquía superior se celebraba cada poco tiempo. El evento era retransmitido por Instagram (había sustituido a cualquier otro medio de información) para todo el planeta (al fin existían certezas de que era plano).

De ahí salía un único vencedor (las guerras civiles del extremarcado no habían resuelto el uso conveniente del lenguaje inclusivo, ora en femenino, ora en masculino, como tampoco tuvo éxito la neolengua sintética denominada ‘persona’ que pretendía ser perfectamente equitativa, así que no existirían avances en otros ámbitos relacionados con la igualdad, mucho menos urgentes, hasta que no se solucionara esto) que pasaba a formar parte del programa de promoción Supervivientes, emitido también por Instagram. Él y otros influencers combatían (siempre a muerte) por un perfil en Facebook con 50 000 amigos de partida y por la presidencia del Gobierno. El tuit adecuado podía llevarte a ser presidente en menos de seis meses, el plazo en que se producía su renovación. Ningún político era capaz de aguantar más tiempo sin corromperse.

5/3/18

catedrales de cera en miniatura ignoradas por todos

Esta noche he conseguido traspasar las puertas de una pequeña catedral construida en las profundidades de algún voivodato polaco. Un viejo secreto europeo. Avanzaba por la planta central como transportado en una esfera de ámbar sin poder escuchar el bullicio de la gente, abrumado por las caras y los brazos y las cabezas. Por las estatuas, las bóvedas, los santos y las arcadas.

Poseía esta catedral unos mecanismos dispuestos a lo largo de las naves laterales, de manera que dejaban caer desde lo alto gruesos hilos de cera tibia. La cera descendía, el aire frío del templo la solidificaba y al tocar el suelo iba tomando la forma de la catedral. Reproducciones exactas, cada minúsculo detalle replicado a escala, distribuidas longitudinalmente sobre las losas de mármol.

Yo estaba debajo de uno de los dispositivos y una catedral de cera en miniatura ha brotado en mis manos. Tenía calientes las manos, la miniatura se deshacía. He ido a buscar a los demás, pero cuando los he encontrado ya no quedaba nada, magma blanco fundiéndose entre los dedos. Algunos no me han creído (ni siquiera se reían). La mayoría lo ha hecho, pero ya era muy tarde y estaban muy cansados, querían irse a dormir y a soñar con otras cosas.

26/6/17

gran hermano total

Tal y como yo lo veo
la cosa puede resumirse
del siguiente modo:
unos pocos
nos observan atentamente
a todos los demás
mientras nosotros
observamos atentamente
a unos pocos
en televisión.

19/6/17

así lo haría yo

Si yo fuera alcalde diría: «Se acabaron las estatuas de políticos y las calles con su nombre». Pero hombre. Nada, a tomar por culo. Calles con nombres de churreros, de chinos de establecimiento chino y de cajeras. Y entonces saltarían los de siempre. Que si es que ese churrero era de Fuerza Nueva, que si el chino maoísta, que si la cajera girondina, y por ahí no pasamos. Pues os jodéis. Porque para eso soy el alcalde y porque no había nada como los churros de ese señor a las ocho de la mañana, el chino tenía el papel de fumar superbarato y a la cajera, una doctora en Geología obligada a pasar los códigos de barras por el láser a falta de ocupación mejor, todavía le quedaban ganas de obsequiar con ingeniosísimos chascarrillos a los clientes amables. Así lo haría yo.

12/6/17

instagramland

Cuando te veo paseando por Venecia
al atardecer,
con tu gordi,
con tu bulldog francés,
cuando estás en el gimnasio,
cuando te tatúas una frase
muy importante para tu gordi y para ti,
cuando reivindicas el día de la mujer
con una foto en bikini,
cuando le anudas la pajarita a tu gordi,
cuando vais a una boda
y unos meses después
sois vosotros los que os casáis
(tu gordi te llevó a París para pedírtelo),
me entran unas ganas
que no puedo con ellas
de envolverte en una mantita,
suave y perfumada mantita,
mantita azul celeste,
unas ganas irresistibles
de tumbarme a tu lado,
besarte los párpados
y también besarte la frente,
acariciarte el pelo,
sedoso y abundante,
y susurrarte con delicadeza
que la vida es chula.
Me entran unas ganas
de leerte a Federico Moccia
y ponerte un disco de Sabina.
Me entran tantas ganas de decirte
#relax
#summer
#cute
#holidays
#love
#fun
#happy
#nuevosretos
#cómetelemundo
#positivevibes
#aprovechacadaminuto
#elmejorregaloerestú.
Tantas ganas me entran
que tomaría tu cabeza
(encantadora y llena de sueños),
la apoyaría sobre mi pecho
y te prometería
que tu perro no va ser atropellado
y tendrás que llevarlo tú misma
a que lo sacrifiquen
conduciendo durante más de media hora
mientras las tripas del animal
resbalan por la tapicería de piel sintética
y emite un ronquido desesperado y frenético
y sus ojos parece que van a salir disparados.
Te juraría por lo más sagrado
que nunca llegará el día
en que prefieras que tu gordi
te levante la mano
(eso al menos implicaría carácter)
antes que seguir aguantando
su total falta de iniciativa y determinación,
una insoportable ausencia de personalidad
que sus rasgos ovinos ya prometían
pero que tú no descubriste 
hasta que fue demasiado tarde.
Te repetiría durante horas,
todo el tiempo que fuera necesario para que me creyeras,
que puede que tu figura
vaya a desaparecer a un ritmo cada vez más rápido,
que tal vez pases la mitad de tu vida
encerrada en un cuerpo que odias,
pero que eso no importa,
porque hay médicos muy buenos
y hay pastillas
y maquillaje.

5/6/17

apuntadores

Si a lo mejor los habéis visto. Son dos. Tienen ya el pelo blanco y visten elegantes. Pasan el tiempo en la terraza de una cafetería que hay en la plaza de San Lorenzo hablando entre ellos todo el rato. Como en invierno está acristalada, la terraza, allí paran también entonces. Aunque es más agradable contemplarlos en verano, sin parapetos de ninguna clase y envueltos en la luz anaranjada del sol poniente. El dueño de la cafetería les conoce desde hace muchos años y deja que en la pizarra que cuelga al lado de la puerta de entrada escriban con tiza el tema sobre el que dialogan en cada momento. Puede ser la Guerra de los Treinta Años, puede ser Una temporada en el infierno de Rimbaud (que a lo mejor uno de los dos no ha leído, en ese caso tampoco se detienen mucho a hablar de eso) o puede ser, a ver, puede ser por ejemplo la diferente disposición de los botones en las prendas masculinas y las femeninas, en el lado derecho unos y en el izquierdo los otros (como existe una teoría histórica bastante extendida y factible y ambos la dan por válida sin mayores objeciones no pasan gran rato discutiéndolo tampoco). Puede ser cualquier cosa.

Cuando el coloquio avanza por derroteros diferentes a los de la materia recogida en el tablero de la puerta, pausan y uno de los dos actualiza el titular. Que hay veces que se arrancan con la fundación del Kaganato jázaro, se desvían hacia la peste negra (un asunto que les gusta especialmente tratar, pero por algún motivo nunca terminan centrándose en él), transitan El séptimo sello y que si Bergman es la principal influencia de Béla Tarr, que si no, que si es evidente que la principal influencia de Béla Tarr es Tarkovski, que si qué soberbias son de todas maneras las bandas sonoras que le hace Mihály Víg, que si he leído en cierta revista especializada que ahora está componiendo música para una película turca, que si habrá que verla entonces, que si la Sublime Puerta, que si vuelta a los jázaros del principio. Y en ésas se han levantado para borrar y anotar en la pizarrita lo menos veinte cuestiones todas diferentes para acabar en la primera, pero bueno, a ellos les gusta que si no no estarían allí todos los días y así algo de ejercicio hacen. Digo yo. Otras veces ya se ven venir y dejan reposar la tiza aunque por regla general son bastante meticulosos.

Claro, claro que puede uno acompañarles en sus disquisiciones. Se lo suelen tomar muy bien y es raro que rechacen incorporaciones. Hombre, si notan que el agregado no está a la altura, igual rebajan la potencia del debate o igual (esto depende mucho del día y hasta de la hora) le invitan (también el grado de brusquedad depende del momento) a que se vaya directamente a hacer puñetas. O se van ellos si por lo que sea hay demasiada concurrencia y se perciben como chimpancés destinados a entretener por el mero hecho de existir. Ni siquiera la arman si alguien que pasa por la terraza suprime el contenido de la pizarra y lo sustituye por otro canalizando el fluir de la cháchara en otra dirección. Siempre y cuando la cosa no sea una broma. Volvemos a lo de antes. Que hasta en esos casos, si la chunga está trabajada y tiene algo de recorrido, la disrupción se recibe con agrado.

¿Pero quiénes son estos dos? ¿Cómo se llaman? ¿Por qué lo hacen? Tal vez uno de ellos padece demencia y así no pierde el hilo de la tertulia. Tal vez impulsan una corriente artística. Tal vez sólo buscan llamar la atención. No sé, no tengo ni idea. Aparecían en un sueño que tuve el otro día. En realidad aparecieron cuando ya me despertaba, no estaban en el sueño. O sea que es bastante difícil que los hayáis visto.

1/4/17

fe

─Lleva la gente 2000 años esperando la segunda venida de Cristo ─dice Víctor─, no voy a poder yo esperar hasta que conozca a otro, se case, se divorcie y vuelva aquí conmigo.

13/3/17

llueven camiones

Llevaba el cielo negro
más de tres días.
Oscuro, oscuro, oscuro,
negro de veras.
Y esta mañana,
no era muy pronto,
esta mañana en la que hacía un calor
extraño
para esta época,
un estruendo monstruoso
ha sacudido el barrio.
Otros estrépitos más lejanos
en otros puntos de la ciudad,
luego muy cerca otra vez,
chirridos metálicos,
cristales saltando en mil pedazos,
hierros retorciéndose,
detonaciones amortiguadas por el asfalto.
Llovían camiones.
La gente gritaba y se quedaba sin casas.
Yo tenía visiones del futuro
y tú creías que tenías todo bajo control,
que manejabas la situación,
y sin embargo.
Llovían camiones,
ninguno de los dos
podíamos ver venir algo como esto.
Sé que no sospechabas nada
cuando te marchaste
aunque te marcharas de todos modos
porque,
camiones,
¿quién iba a imaginar un final así?
Deberías estar aquí para verlo.
Es lo más hermoso que he contemplado jamás,
estoy seguro de que te encantaría.

6/3/17

la hija de cristo trabaja en el burger king

La hija de Cristo es gorda, baja, fea, sudamericana, carece de formación y trabaja en el Burger King. No conoció a su padre. Su madre le dijo que era un hombre importante pero no le dio más detalles. Cuando su padre murió, su madre no pudo hacerse cargo de la niña, así que la mandó con unos tíos a Guayaquil. Los tíos tampoco le contaron gran cosa. La hija de Cristo resultó ser una estudiante bastante limitada, y veía a su alrededor cómo los demás iban superando cursos sin demasiados problemas mientras ella se quedaba rezagada al final de una clase que se repetía año tras año aunque las caras del resto de alumnos fuesen siempre otras. Cuando tuvo la edad suficiente dijo me marcho de aquí. Y después de dar tumbos durante un tiempo, de emplearse en trabajos que le quebraban el cuerpo y la mente, y rechazar ─tras pensarlo mucho a pesar de todo─ otros que le habrían quebrado también el alma, dijo adiós a sus tíos, dijo mamá te quiero de veras pero tengo irme a su madre y terminó en España.

Desde entonces trabaja en el Burger King. También muchos fines de semana. A veces tiene que fregar los baños, se organiza mal y acaba arrinconada en el extremo opuesto a la puerta, frente al suelo mojado. Para salir no tiene más remedio que caminar sobre el agua. A veces alguien que ha pedido agua con el menú varía su opinión y le pregunta si puede cambiarla por vino. Por vino no, pero se la puede cambiar por cerveza. A veces alguien se atraganta con un trocito de comida y la hija de Cristo ─ha hecho un curso básico de primeros auxilios─ le practica una compresión abdominal que ya no recuerda del todo bien salvándole de una muerte en realidad poco probable. A veces una o dos gotas de aceite hirviente saltan a los ojos de alguno de sus compañeros y ella se los lava debajo del grifo, porque hasta donde sabe es la manera de actuar en este tipo de casos.

Al llegar a casa enciende su Acer Aspire y busca vídeos de Ecuavisa en YouTube. Cuando aparece un presentador elegante, un actor guapo o el tipo de reportero adecuado, calcula su edad, compara fisonomías, gestos, ata cabos y se pregunta si será él. Si le aseguraron que había muerto para que no se planteara esa clase de asuntos. Luego, las noches que no se le hace muy tarde delante del ordenador, habla con la Biblia. La interroga con cuestiones de todo tipo, acerca de su futuro sobre todo, abre el libro por una página cualquiera y trata de encontrar respuestas. Hoy Lucas le ha contestado: «No tengas miedo, María; Dios te ha concedido su favor —le dijo el ángel—. Quedarás encinta y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús.» Y aunque ella no se llama María, siempre le gustó el nombre de Jesús.

La hija de Cristo sigue creyendo en la salvación y en la vida eterna. Una vida eterna mejor que ésta. Con que sólo lo sea un poco le basta.